sábado, 1 de mayo de 2021

Letonia no es Laponia

 

Escribo estas líneas dos semanas después de vuelto a la soleada España tras pasar la Semana Santa en la fría y muchas veces nublada Letonia, donde trabaja mi mujer. Si algo me ha sorprendido es la grandeza arquitectónica de una país pequeño. Las calles del centro y aledaños están trufadas de espléndidos edificios modernistas (o Art Nouveau) con relieves bajos y altos, esculturas que salen de las fachadas con figuras humanas, vegetales, bloques de viviendas de distintos colores y tonalidades.

Poco más puedo apuntar del báltico país más allá de un primer encuentro con el mar que le califica, pues nuestro invitado perenne, Sr. coronavirus, ha hecho de este país un lugar de espacios cerrados donde apenas abren los supermercados y algunos restaurantes para comida a domicilio. Y yo que pensaba que estábamos mal en España… Pero vuelvo a ese mar oscuro, como una laguna negra soriana inmensa, quieto, una bañera inmensa que apenas cubre las orillas de agua, cuajada de aves marinas y playas anchas de blanca arena, como Jurmala, ciudad de veraneo de la capital, Riga, por donde paseamos un extrañamente soleado domingo de 15 grados.

                                                      Junto a Santa Gertrudis, el templo del milagro.

Los días pasaron en bucle de ramos a pascuas, pero, entremedias, entre paseos en busca de flores (y no es una metáfora) cuyos puestos trufan las aceras, crucé caminos con varios especímenes que parecían habitar otra dimensión, la del trance etílico. Muchos pensarán que ya conocen dicho estado, pero no es el mismo. Estas eran personas que no hacían eses, como un borracho cualquiera, sino que parecían estar bailando un tango con ellos mismos, dos pasos y pausa, mirada al cielo, y vuelta a empezar, tipos en chanclas y pantalón corto aprovechando que había algún grado positivo, mirando al horizonte, hombres de honor, en su embriaguez, pero, el más increíble, el más legendario de todos fue un tipo, diría que bastante joven, de impecable camisa, cuya singularidad detectó mi hija nada más aparcado el coche, saliendo del garaje. Solo por ver a mi mujer el viaje mereció la pena, pero ver la secuencia épica de este héroe báquico, de este Segismundo en la acera fue casi místico.

Este letón parecía un filósofo presocrático reflexionando sesudamente sobre la naturaleza, a tenor del interés con el que miraba el seto que rodea la bonita iglesia luterana de Santa Gertrudis, de ladrillo marrón anaranjado. Yo pensé que andaba escogiendo el punto ideal para la micción, pero la realidad es que no, andaba buscando su propio acomodo, pues, segundos después, cayó de bruces sobre el seto, inmóvil, como cae una estatua de Colón derribada por un cafre siguiendo la última moda. Me acerqué, creyéndolo muerto… y entonces sobrevino el hecho cuasi mágico, sobrenatural diría yo, de su reincorporación, como si de un rebobinado se tratara, impulsado por una extraordinaria fuerza dionisíaca (los brazos seguían tiesos, paralelos a su cuerpo), resucitando de entre el decorativo arbusto, tras 3 minutos inmóvil, cual rumiante pastando en un hierbal sin mover la boca. Recuperada la vertical, cruzada la calle como una exhalación, tieso como una estaca, volvió a montar guardia en la vinoteca de donde dedujimos procedía, a la vuelta de la esquina, como si esperara su momento para reiniciar su círculo vicioso. Lo confieso, como alimañas, mi mujer, mi hija y yo rodeamos el edificio para ver adónde iban a parar los huesos del más grande prestidigitador que haya visto nunca, la entereza hecha carne macerada en alcohol. A él, ídolo de nombre desconocido, va dirigido este poema:

Apuró enhiesto hasta el último sarmiento.

Desaparecieron cepa, vidrio y uva,

hasta el tapón voló y, como una cuba,

abandonó el letón la vinoteca.

Enfiló hacia a la Iglesia de Gertrudis

a purgar su gula, en busca de alimento

espiritual, pero, guardando el templo

encontró un seto.

Se lo quedó mirando.

Imaginose extremo de un embudo

al que caían litros

del eucarístico elemento.

Y de tanto mirar se creyó seto.

Dejose caer en el futuro arbusto,

mero esqueleto.

Y con sus huesos cayó

como cae un alto árbol,

mirando al horizonte desde su parapeto.

Quedó el letón tendido,

hecho seto,

Excalibur en la roca,

pero, al cabo, resucitó.

Salió del armazón arbóreo

como rebobinado;

se estiró como un ciprés,

mirando al cielo cruzó el pavés.

Y, saciada su sed de eternidad,

en oscilante trayectoria

arrostró nuevamente su victoria,

la morada de Baco,

en busca de otro sorbo

de fútil felicidad. 

PD: El título de esta entrada es un homenaje a un vecino de mi madre que, preguntando sobre mi próximo viaje, no cesaba de referirse al norteño país como Laponia.

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